Málaga Cultural
Cuento | ‘El perrito de Jesús’. Dr. Manuel García del Río
Y me pegó una patada. Ladré. El hombre al que yo seguía me miró con una mirada de pena. Todos comían y bebían; se les notaba intranquilos. De vez en cuando, alguno me tiraba un poco de pan. Yo no molestaba a nadie. Tenía tres años y era un perro de raza pequeña. Había seguido a ese hombre desde el día en que vi cómo curaba a un paralítico. Me quedé perplejo con aquella curación. Me acerqué a él, y acarició mi cabeza. Noté algo especial. Me habían acariciado muchas veces, pero esa caricia fue distinta. Desde entonces, lo seguí.
Y allí estaba yo, en aquella cena que parecía especial. Otra patada, que por poco me rompe una costilla. La dio el mismo de antes, un tal Judas. Ladré y no faltaron ganas de morder. Un tal Pedro me acarició. Sentí cariño y le devolví agradecimiento con un lamido en su mano. Ellos hablaban y hablaban; yo no entendía muchas cosas. En un momento, Jesús, que así se llamaba el hombre al que yo seguía, tomó un trozo de pan, se dirigió a todos y les habló. Lo repartió. Todos se pusieron muy serios. Comieron. Se miraban unos a otros con intriga. No hablaban. Luego, tomó una copa con vino. Se las dio tras decir unas palabras. Bebieron. De nuevo vi en sus miradas emoción e intranquilidad. Mientras tanto, yo comía un trocito de carne exquisita llamada cordero. Así terminó la cena.
Previamente, el tal Judas salió muy rápido, con el rostro descompuesto. Antes de irse, me dio otra patada. Esta dolió más que las anteriores. Le ladré, intenté morderlo, y me miró con odio. Con mucho odio.
Uno a uno salieron camino de Getsemaní. Lo supe porque oí cuchichear a dos de ellos. Yo me puse al lado de Jesús. Él me cogió en brazos, me tocó donde había recibido la patada, y el dolor desapareció. No solo eso, sino que sentí una felicidad que nunca antes había tenido. A mitad del camino, me dejó en el suelo, no sin antes volver a acariciarme.
Cuando llegamos al monte, llamado de los Olivos, empezaba la noche. Jesús habló con todos y les ordenó algo. Su voz era apenada. Se apartó, y lo seguí. Al llegar al lugar que buscaba, miró al cielo y se puso de rodillas. Le noté una profunda tristeza. Manifestaba enorme angustia. Empezó a sudar, y vi goterones de sangre. Me acerqué con la intención de lamerlos, pero me apartó con un gesto y una mirada de cariño. Me alejé con gran pena.
Noté cómo sus músculos se contraían, cómo su respiración se aceleraba, cómo su boca se secaba. Su mirada no se apartaba del cielo, y sus ojos parecían hablar con alguien, como pidiéndole algo. Al rato, con el rostro roto de cansancio y pena, volvimos con los demás. Antes de partir, me permitió lamer sus manos. Las noté frías como el hielo. Intenté calentarlas con rápidos lamidos, pero no me dejó. Me acarició la cabeza y me indicó el camino a seguir.
Al llegar, casi todos estaban dormidos. Jesús, con una voz autoritaria y de gran enfado, los mandó levantarse. Dijo algo que no entendí: “Van a entregar al Hijo del Hombre.” Yo me cobijé entre las piernas de uno de ellos, quien comenzó a acariciarme.
Lejos, se oían ruidos que poco a poco se acercaban. Empecé a temblar de miedo, pues aquel ruido rompía el silencio de la noche. El hombre que me acariciaba me empujó para que me fuese. Corrí a los pies de Jesús.
A la luz de las antorchas, vi la cara del que me había dado las patadas en la cena: Judas. Lo vi acercarse a Jesús y darle un beso. Me contuve para no morderlo. Enseguida, unos soldados se abalanzaron sobre Jesús. Me apartaron de mala manera, quemándome con el fuego de una antorcha. Aullé de dolor. Jesús se agachó y tocó la quemadura. El dolor y la lesión desaparecieron.
A uno de los soldados le vi la cara ensangrentada, sin una oreja. Jesús lo tocó, y la oreja volvió a estar en su lugar. Pero lo vi temblar cuando lo amarraron y se lo llevaron custodiado, como a un bandido. ¡Qué pena! Ladré furioso, insinuando morder. Fui separado de la comitiva con una patada que me lanzó lejos.
Y lo llevaron a empujones. Y lo llevaron a un lugar en donde había mucha gente importante. Y de ahí a otro lugar. Y terminó en el palacio del jefe de los romanos llamado Poncio Pilatos. En el patio de ese lugar ya había estado yo. Ahí corrí detrás de un niño que no me quiso dar comida. Se la daba a otros perros que iban con él.
Poncio llevó a Jesús a la vista de las gentes. Ahí vi a personas que había curado. Ahí vi a personas, que cuando paseábamos, le tocaban el manto y les decían cosas bonitas. Quedé extrañado, pues algunas de esas personas gritaban con mucha fuerza y ardor: ¡crucifícale, crucifícale¡ Escogieron para matar a Jesús y dejaron a Barrabás. Conocía a Barrabas. Más de una vez dormí a su lado en la calle. Fui testigo de cómo robaba a las personas. Nunca me acarició, pero si me dio, a veces, sobras de su comida.
Poncio Pilatos gritó: castigo de flagelación y crucifixión al Rey de los judíos. Pero su voz estaba temblorosa y llena de miedo. Gritos ensordecedores de las gentes. ¿Rey de los judíos? Yo no entendía nada.
Y lo llevaron a un patio contiguo. Le amarraron, con una cadena, a una columna de mármol. Yo corrí hacia él y con mi lengua quise lavarle los pies con todo mi cariño y mi pena. Me miró y sentí esa sensación de felicidad que sentí otras veces. Me echaron, pero me escondí. Al momento salí y me volví a poner cerca de él. Ladré y ladré queriendo expresar la injusticia cometida contra aquel a quien seguía. Y me volvió a mirar. Era una mirada perdida pero llena de cariño. Lo miré y seguí ladrando con más fuerza intentando darle ánimo y decirle que estaba a su lado. Y empezaron a azotarlo. Y me saltaban gotas de sangre: y yo aullaba y aullaba sin entender como hacían tanto daño al hombre que yo seguía. Le arrancaban la piel con carne a tiras. Conté treinta y nueves latigazos. Como el látigo llevaba tres flagelos le dieron ciento diecisiete. Mientras, mi pena y ganas de morder a aquellos que le pegaban aumentaba. Vi las carnes de todo el cuerpo destrozada y sangrante de Jesús. Vi su boca abierta, su cara desfigurada. Creo que me miró, pero no le vi los ojos pues estaban enterrados en su cara totalmente inflamada. No le oí un solo quejido. Cuando lo dejaron, me volví a acercar a él y no supe donde lamerle pues no tenía carne sana. Empecé a llorar. Lloré intensamente de pena y de rabia.
Y se lo llevaron a una habitación sombría. Yo los seguí y nadie me dijo nada. Vi cómo se mofaban de él. Vi cómo le pusieron una corona de espinas. Vi cómo le escupían. Vi cómo se reían de él después de ponerle un manto y darle una caña. Yo me sentía cobarde por no haber mordido a esas personas.
Pasó algún tiempo. Le cargaron con un tronco. Se lo amarraron a los hombros. Me miró como pidiendo ayuda. Me fui a sus pies y le pasé mi lomo por ellos. Me miró de nuevo agradeciéndolo. Siguió andando, pero se cayó. Se cayó varias veces. Durante ese tiempo, un hombre forzudo le ayudó a llevar el madero. Una mujer joven y temblando le limpió la cara con un trapo blanco y limpio y otra mujer con los ojos llenos de lágrimas y una cara que manifestaba gran dolor y pena, lo miro con cariño enorme, él la miró con gran amor. Oí que era su madre. Desde ese momento la quise y desde ese momento ya no me separé de ella. Subimos al calvario. Vimos la comitiva avanzar hacia nosotros.
Su madre mientras me acariciaba y yo le lamía. Enseguida sentí como si hubiese sido mi dueña toda mi vida. Me acariciaba de una forma especial. Creo que me acariciaba como hubiese acariciado a su hijo, debido a lo que yo sentía de cariño en esas caricias.
Y llegó la comitiva. El que yo seguía era un despojo de hombre. Sangrando, destrozado, mirada perdida a lo infinito, babeando, tropezando y haciendo grandes esfuerzos para mantenerse de pie llevando el madero. Al llegar al lugar, se dejó caer como si se entregara a la crucifixión sin protesta alguna.
Y le empezaron a crucificar. Y cada golpe sobre el clavo provocaba una mueca de dolor en Jesús. Y cada golpe en el clavo se lo clavaban a su madre en el alma y a mí en mi sentir. Y aquello no acababa. Seguían los golpes. En las muñecas y en los pies. Por favor que acaben con esos golpes que muerden los oídos y rasgan el alma.
Y acabaron y pusieron a la cruz de pie. Vi al que seguía sangrando y mirándonos a los tres. A su madre, a mí y a un adolescente llamado Juan, que nos acompañó a la subida al calvario. Su mirada era de sufrimiento. Le acercaron una caña con una esponja empapada. Y no la probó.
Al cabo de un tiempo dijo unas palabas que no entendí. Tras ellas la madre y Juan se miraron y asintieron. La madre me atrajo hacia ella con más fuerza. Me sentí fuertemente protegido.
Dijo otras palabras, inclinó la cabeza y falleció. Sentí mucha pena, dolor y muchísimo miedo pues nos inundaron las tinieblas y la tierra empezó a temblar. Me cobijaba más fuertemente con su madre.
De pronto me vino un sueño profundo, vi a un hombre vestido de blanco y con alas enormes. Me miró fijamente y me dijo, “Dame la patita; nos vamos con el que sigues.”