Málaga Cultural
«La Guerra Civil hay que abordarla con más libertad y menos partidismo» | entrevista al Dr. Juan Manuel Jiménez Muñoz
Médico de familia y escritor, el Dr. Juan Manuel Jiménez Muñoz compagina desde hace años su pasión por la literatura con un profundo interés por la historia contemporánea de España. En ‘La guerra civil española y la madre que nos parió’, su último libro, se acerca al conflicto de 1936-1939 desde una perspectiva divulgativa, crítica y cargada de ironía, tratando de alejarse de las lecturas partidistas y de los planteamientos maniqueos. En esta entrevista, el autor malagueño habla de su relación con la historia, de su particular manera de escribir, de la influencia de las redes sociales en su faceta literaria y de los dos grandes placeres que, según explica, le proporciona la escritura: crear y comprobar después la reacción de los lectores.
Rebeca García-Miña
Esta no es la primera vez que recurre a la historia en sus libros. ¿De dónde viene esa pasión?
Cuando estaba en Bachillerato tenía dudas entre hacer Matemáticas o Medicina. Era muy buen estudiante, de matrícula de honor, y también tuve muy buen expediente en la Facultad de Medicina. Al final decidí hacer Medicina y no me he arrepentido pero las Matemáticas son mi otro amor. De hecho, sigo repasándolas y entrando en páginas para mantenerme un poco al corriente.
Cuando estaba haciendo Medicina descubrí que me gustaba mucho la historia y, sobre todo, la historia de los siglos XIX y XX. He leído tanto de historia como de medicina y, últimamente, diría que incluso más de historia. Mientras más mayor te haces, vas un poco apartando unas cosas y acercándote a otras.
No te voy a decir que sea un experto ni que sea historiador. No, no me meto en el terreno de nadie. Pero sí soy un autodidacta del siglo XIX y del XX español, con unos conocimientos bastante buenos. Eso me ha servido para escribir mis novelas, que tienen todas un trasfondo histórico aunque algunas incorporen fantasía, como ocurre con ‘Los códigos de Fray Moreno’.
La historia y las matemáticas me han dado muchas felicidades y, de hecho, la historia me ha servido para convertirme en escritor.
Publica con cierta frecuencia, aproximadamente cada año y medio. ¿Tiene alguna rutina o técnica a la hora de escribir?
Más que una técnica, necesito tranquilidad. Aunque vivo en Málaga, soy de Canillas de Aceituno pero ya no tenemos casa allí; se vendió todo. Ahora pasamos bastante tiempo en el pueblo de mi mujer, que es un pueblo muy tranquilo, de unos 300 habitantes. Nos conocemos todos y tenemos allí una casa con un rinconcito donde hago el grueso de la parte más bonita de la escritura, que es la parte creativa.
Luego hay una parte muy pesada, que son las correcciones: buscar las faltas, los errores sintácticos, toquetear cosas… Esa parte también hay que hacerla, pero la parte buena es cuando estás creando algo que no existe de la nada.
Con toda la distancia, es como ser Dios. Estás creando personajes que no existen, estás creando situaciones… Yo no tengo un plan absolutamente cerrado. Cuando escribo una novela sé de dónde tengo que partir y adónde tengo que llegar, pero por el camino me surgen muchas cosas.
A veces quiero tirar por un lado y, de pronto, un personaje domina la situación y me hace hacer otra cosa. Hay un personaje que yo creo que va a hacer una cosa y, de pronto, se me agota por el camino y no tiene la fuerza que yo pensaba. Y aparece otro que parecía secundario y acaba siendo protagonista.
He hablado de esto con algunos escritores en reuniones. Escritores muy consagrados, incluso. Y algunos me han dicho que a ellos no les pasa: que cuando se ponen a escribir tienen el principio, A, B, C y D, y van exactamente por ahí. Pero conozco otros escritores a los que sí les ocurre. Hay de todo.
Disfruto mucho del camino. Por ejemplo, ‘Los códigos de Fray Moreno’ tiene que empezar con un documento y un asesinato y, al final, sé que ese documento tiene que encontrarse en determinada época y en determinado sitio. Pero por el camino aparecen otras cosas: los barcos, la flota… Y voy contando, buscando documentos, fechas que encajen.
Esa labor creativa es un placer de la vida. Te diría que es como el sexo: es una cosa física.
Es médico de Familia. ¿Hasta qué punto hay también una técnica para escribir sobre cuestiones médicas o profesionales?
Hay una técnica. Un cirujano plástico, por ejemplo, tiene que saber las técnicas de los distintos puntos de sutura, cómo coger una pinza… La técnica es muy importante. Y hay cosas muy técnicas que se pueden aprender.
Yo me veía capaz de escribir pero veía que algunas cosas de sintaxis, de tratamiento del texto y de estilo se me escapaban. Hice un par de talleres por Internet que me resultaron muy provechosos. Aprendí que hay determinadas formas de evitar repeticiones, que los gerundios mal utilizados pueden resultar horribles y que hay que tener cuidado con determinadas construcciones. También aprendí que conviene evitar el abuso de las palabras terminadas en «-mente».
Hay editoriales que incluso pasan los textos por herramientas de Inteligencia Artificial y, si encuentran un porcentaje elevado de palabras terminadas en «-mente», pueden considerar que el texto está mal escrito y rechazarlo. Son indicaciones técnicas muy concretas. A mí me faltaban y esos cursos me vinieron de maravilla. He notado que he mejorado a medida que he ido escribiendo.
También es muy importante saber utilizar los tiempos verbales. Se puede mezclar presente, pasado y otros tiempos, pero requiere mucho cuidado y mucha técnica. Mario Vargas Llosa cogía un párrafo y podía estar hablando en presente, después pasar al pasado y volver al presente, y lo hacía de maravilla, con una ilación perfecta. Yo me he arriesgado a hacerlo alguna vez. No me sale como a él, evidentemente, pero a mi nivel ya me sale.
Además de escribir libros, tiene una actividad muy intensa en redes sociales, especialmente en Facebook. ¿Cómo empezó?
Fue mi hijo quien me animó. Es enfermero y está muy puesto en redes sociales. Me dijo: “Papá, si has escrito una novela y esto es para publicitarla, abre una página en Facebook”. Él me la abrió y me explicó cómo funcionaba.
Cuando ya había pasado un tiempo, pensé: “¿Y esto qué gracia tiene?”. Y decidí aprovecharlo como herramienta. Empecé a escribir algunas cosas y, como al principio me ponían diez, cincuenta “me gusta” me fui animando.
Ahora escribo por lo menos tres veces por semana en mi página de Facebook y suelen ser artículos largos. Esta misma mañana (refiriéndose a la mañana en la que tuvo lugar la entrevista), por ejemplo, he publicado uno que me ha llevado dos horas. Se titula ‘Todo lo que usted quiso saber sobre Palestina y nunca se atrevió a preguntar’.
Es justamente lo contrario de lo que se suele hacer en las redes sociales. Y funciona. Tengo artículos con miles de visitas y muchos compartidos. Además, la gente me escribe. Hay personas que me dicen: “Desde que le leo he retomado el gusto por la lectura” o “cuando usted escribe algo de historia, yo lo leo”. Eso me da mucha satisfacción.
¿Le permite también saber quién está detrás de esos lectores y cómo llegan a sus contenidos?
Sí. Las redes te dan mucha información. Puedes saber por edades, por sexo y también si son seguidores o no. Eso es muy interesante porque, por ejemplo, puedes comprobar que un contenido lo ha visto mucha gente que todavía no te sigue. Esa gente puede convertirse potencialmente en seguidora.
Luego están todos los que comparten los contenidos por WhatsApp, que ya es otra historia.
¿Cuánto tiempo dedica realmente a promocionar sus libros a través de las redes?
Muy poco. La publicidad de mis libros me ocupa un uno por ciento de mi tiempo, si acaso. Cuando publico un libro, lo pongo en Facebook y ya está.
Aun así, las redes me han ayudado mucho. He estado en Madrid, en la librería Machado, presentando libros, y allí me comentaron la cantidad de libros que se pueden vender gracias a Facebook. También he presentado en Córdoba, en Sevilla y en otros sitios, y siempre he tenido muy buena acogida.
Hace poco estuve en el Hotel Vincci, aquí en Málaga, hablando de este libro. La conferencia se titulaba ‘La desmemoriada memoria de la memoria histórica’. Allí se organizan unos encuentros a los que acude gente muy interesada en estos temas. Me llamaron y me dijeron que fuera. Yo sabía que suelen acudir unas treinta, cuarenta o cincuenta personas, pero finalmente se llenó el aforo. Primero había unas cien plazas, después lo ampliaron a 150 y al final llegamos a unas 170 personas. Me dijeron que nunca se había superado el aforo de esas charlas. Eso demuestra que hay interés.
Su actividad en redes sociales aumentó todavía más durante el confinamiento. ¿Cómo vivió aquel periodo?
Durante la COVID tuve más trabajo en las redes sociales que en mi centro de salud. En el centro de salud trabajábamos, como todo el mundo, con mascarillas y todas las medidas, pero mi familia se había ido al pueblo y yo estaba solo.
Cuando volvía del trabajo tenía mi Facebook, que ya tenía muchísimos seguidores, y escribía. Siempre intentaba hacerlo en un sentido positivo: que la gente siguiera las normas, que tuviera cuidado, hablar de las vacunas como una esperanza… Recibí felicitaciones del Colegio de Médicos, del presidente del Colegio, del gerente del SAS y de otras autoridades.
Incluso me tuvieron en cuenta para una iniciativa de comunicación durante la pandemia. Reunieron a comunicadores de toda España, unos once de Facebook y de otras redes sociales, para hacer una estrategia de comunicación. Me llamaron, pero dije que a Madrid no iba en plena pandemia. Preferí seguir haciendo mis facebookadas.
¿Tuvo también algún problema con las redes sociales durante aquella época?
Sí. Una vez me cerraron Facebook durante quince días. Fue porque escribí sobre la mutación del virus. El virus había mutado y alguien decía que aquello no tenía importancia, que eran pocos casos. Yo le dije que eso era imposible, que cuando un virus muta y empieza a asentarse en la población, esa variante es la que al final puede quedarse. Pues me cerraron Facebook cuando estaba haciendo una campaña sobre aquello.
Otra fue por utilizar la palabra maricón. Escribí un artículo titulado ‘Yo también soy maricón’, en defensa de las personas homosexuales y de la libertad de cada uno para elegir sus parejas y su modo de vida sexual. Se interpretó la palabra y me mandaron un mensaje diciendo que estaba haciendo apología de la homofobia. Es como si una máquina leyera determinadas palabras sin entender el contexto.
En sus artículos utilizas mucho la ironía y el sarcasmo. ¿Por qué?
Utilizo mucho la ironía y el sarcasmo. Intento no quitar importancia a los temas, porque la tienen y la tuvieron, pero sí quitarles un poco de hierro. Desacralizar un poco lo que nos pasó. La Guerra Civil fue un desastre nacional, pero es que ya van a ser casi cien años. Hay que poder hablar del tema con más libertad y no con tanto partidismo.
He intentado hablar aquí de temas que pasaron en la Guerra Civil y que afectan a unos y a otros, a los dos bandos. He intentado hacerlo primero con conocimiento de causa, después de muchas lecturas, de consultar textos de autores… Y con un lenguaje muy sencillo, como suelo escribir en las redes sociales. Intento que los temas complejos queden bastante claros y, cuando se puede, añado una pizquita de humor, de sarcasmo o de ironía.
Esa mirada le lleva también a cuestionar la división entre buenos y malos.
Sí. Hay una reflexión de Manuel Chaves Nogales que me impresionó muchísimo. El prólogo de ‘A sangre y fuego’ me parece de lo mejor que se ha escrito desde los tiempos del Quijote. Ahí se refleja muy bien lo que estamos viviendo ahora. La mayoría de la gente no somos extremistas, ni de ultraderecha ni de ultraizquierda. Somos españoles normales que vamos a trabajar, queremos arreglar las cosas y no queremos líos.
Somos la inmensa mayoría, pero nos hemos quedado atrapados entre dos extremos.
Yo he pretendido que el libro sea un poco eso. Por eso empiezo hablando de los sesgos cognitivos: de cómo entendemos las cosas, las relaciones entre las personas y las historias pasadas; de cómo nos meten determinadas ideas y de cómo nosotros mismos, por nuestros propios sesgos, vemos las cosas desenfocadas. En esa parte utilizo el ejemplo de las gafas. Tenemos distintas gafas que nos dificultan la visión de las cosas. Las gafas de la ideología, las gafas de nuestras experiencias. Después entro en el asunto concreto de la Guerra Civil, que es el grueso del libro, y al final vuelvo a la época actual para hablar de la memoria histórica.
¿Qué es la memoria? ¿A quién hay que tener en la memoria? ¿Quiénes fueron los héroes? ¿Quiénes fueron los buenos? ¿Quiénes fueron los malos? Mi conclusión es que buenos y malos hubo en todas partes.
¿Es esa voluntad de mirar la historia sin prejuicios una de las claves del libro? Sí. Yo he pretendido que el libro sirva un poco como guía para que la gente entienda los sesgos con los que mira la historia y pueda acercarse a ella de una manera más libre. Hay que conocer los hechos. He leído mucho para escribirlo y he intentado abordar cuestiones que afectan a los dos bandos. No quiero quitarle importancia a lo que ocurrió. Todo aquello tuvo una enorme importancia. Pero creo que podemos hablar de ello de una manera diferente, con más libertad y con menos solemnidad y partidismo.
¿Qué relación hay entre esa mirada sobre la Guerra Civil y lo que ocurre actualmente con la polarización política? La relación está precisamente en los sesgos y en la manera en que interpretamos la realidad. Al final, la mayoría de la gente somos personas normales. No somos extremistas. Queremos vivir tranquilos, trabajar y arreglar nuestros problemas. Pero nos hemos quedado atrapados entre dos posiciones extremas. Y eso también lo he querido reflejar en el libro.
Después de varios libros, ¿qué es lo que le sigue animando a escribir?
La escritura me da dos cosas fundamentales y son las que hacen que siga escribiendo, aunque sea cansado y requiera esfuerzo. La primera es la parte creativa. Cuando estás creando los personajes, las situaciones y la historia, ves que muchas veces no eres tú quien manda sobre los personajes. Hay personajes que empiezan a mandar sobre ti. A mí me encanta eso.
Hay otros autores que son mucho más cuadriculados, que nunca se salen de la raya, que saben desde el principio quién va a ser protagonista y qué va a hacer. Yo soy más anárquico en ese sentido.
Y luego está la segunda parte, que es igual de placentera: el contacto con los lectores cuando el libro ya está terminado. Cuando te dicen: “Esto me ha encantado”, “me ha servid” o “la historia que cuenta de su padre a mí me pasó algo parecido”. No te puedes imaginar lo que eso me hace sentir. También te dicen alguna vez: “A mí no me ha gustado esto”. Eso duele, porque afecta un poco al amor propio, pero también he aprendido de las críticas.
Afortunadamente, más del 90 por ciento de las críticas que recibo son muy positivas. Ese contacto con los lectores, cuando vas a cualquier sitio a presentar un libro, a una firma o incluso cuando te escriben por privado a través de Facebook, es estupendo.
¿Tiene ya pensado cuál será tu próximo proyecto literario?
Tengo algunas ideas generales. No sé todavía si será una novela o un ensayo, pero me lo voy a tomar con calma. Ese sería mi proyecto a largo plazo.
Tampoco descarto escribir mientras tanto un libro de relatos cortos. Nunca he tocado ese género y me parece que soy capaz de hacerlo. Podrían ser, por ejemplo, cinco relatos cortos. Ese es un poco mi proyecto, además de colaborar con el Colegio de Médicos y con todo lo que pueda surgir alrededor de la escritura.
Háblenos de los talleres de escritura que imparte en el Colegio de Médicos.
Estoy impartiendo talleres de escritura técnica, genérico para médicos. Y, por supuesto, están invitados también los médicos veteranos y todas aquellas personas que quieran participar.
Después de tantos años dedicado a la medicina y ahora también a la escritura, ¿cómo resumiría las cosas que contribuyen a tu calidad de vida?
Básicamente, mejoro mi calidad de vida de tres formas. Primero, con mis relaciones con mi familia y mis amigos. Segundo, con mi huerto. Y tercero, con la escritura. Esos son los tres pilares.
Escribo desde hace muchos años y ahora, que estoy jubilado, mucho más. Tengo mi huerto en el pueblo y recojo lo que cultivo. Esa parte de contacto físico con la tierra es muy importante para mí.
Luego está el trabajo intelectual de la escritura y, por supuesto, mantener una relación con mi familia y con mis amigos íntimos. Son pocos pero son amigos de verdad. Y eso también es fundamental.